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José Barta

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Reflexiones sobre Empresas familiares: El conocimiento está en las personas

9 septiembre 2019

Reflexiones sobre Empresas familiares: El conocimiento está en las personas

José Barta, 9 de septiembre 2019

Peter Senge afirma que «las organizaciones que cobrarán relevancia en el futuro serán las que descubran cómo aprovechar el entusiasmo y la capacidad de aprendizaje de la gente en todos los niveles de la organización», algo que matiza mi querido amigo el profesor Santiago García Echevarría al afirmar que “La integración de la persona constituye la clave del éxito de cualquier proyecto comunitario o empresarial. No existe capacidad para convertir el conocimiento en innovación, que es precisamente la métrica con la que se mide la eficiencia o la deficiencia en la utilización del conocimiento, si existen barreras, si existen abismos entre personas e instituciones. (…) La clave fundamental del diseño estratégico y del diseño organizativo no sólo radica en abolir todas las barreras existentes entre persona e institución, sino también en acercar ambas de forma que los abismos, frecuentemente existentes entre las personas y las propias instituciones en las que conviven, se eliminen”.

Esta es mi experiencia siempre que he trabajado para el desarrollo de una “cultura de emprendimiento innovador”; pronto se descubre que siendo cierto que las personas, todas y cada una de ellas, relacionadas con una empresa son las autenticas portadoras de conocimientos relevantes para la misma, estos sirven de poco si no se utilizan, y se fomentan, como el resultado de un trabajo en equipo, y es que las destrezas individuales, o la suma de una serie de aptitudes individuales, por si mismas no generan procesos de conocimiento y aprendizaje innovador.

La innovación, como resultado de un proceso, exige el desarrollo de una serie de actitudes y hábitos colaborativos que se ven marcados por los valores que posean aquellas personas que participan en dicho proceso. Y nos encontramos con que dichos procesos se diseñan en función de una estrategia en la que se reflejan necesariamente, si es coherente, los valores de la empresa. Rotundamente podemos afirmar que no es posible motivar a la persona, para que incorpore su conocimiento en la organización en la que se desarrolla, si previamente no se le ha integrado en sus sistemas de valores.

Cuando hablamos de valores en el mundo empresarial no lo hacemos sobre “declaraciones formales”, lo hacemos sobre “praxis ética”. No siempre se cumple, como fácilmente se puede comprobar, pero en esto también salen con ventaja las empresas familiares, que mantienen una continua “tensión” entre valores familiares y valores empresariales, lo que obliga a una permanente revisión de lo realmente vivido en ambas instituciones.

En definitiva, los valores empresariales, que deben ser compartidos por la mayoría de las personas de una empresa, desde los integrantes de sus órganos de Gobierno corporativo hasta los ejecutores de trabajos de menor valor añadido económico, conforman las relaciones personales y, con ellas, los procesos para la innovación. Es por esto que me gusta hablar de la “necesidad de crear una cultura de emprendimiento innovador”, algo que da idea de que no se logra fácilmente, al depender en gran medida de las actitudes de los participantes.  Por esto pienso que resulta más ajustado a la realidad dirigir el esfuerzo hacia la creación de “ecosistemas de emprendimiento e innovación” que favorezcan el desarrollo de dicha cultura.

La naturaleza de las actividades innovadoras varía considerablemente de una empresa a otra, dada la incidencia que en ella tiene el tipo de organización, las singularidades sociológicas de cada región, el sector económico en que se desarrolle, el tamaño, los valores, la estrategia y su propia experiencia innovadora.

Por esta razón son tan escasamente aprovechables los modelos de gestión de la innovación al uso, y resultan tan difícilmente replicables la mayoría de las innovaciones; las mismas siempre exigirán la adaptación a los parámetros organizativos, estructurales, tecnológicos y culturales de la empresa que desea apropiársela.

Y es que, a diferencia del espionaje tecnológico, el espionaje en innovación no es posible replicarlo directamente, ya que de nada sirve la importación de una estrategia y de su desarrollo, si la empresa continúa operando con sistemas rígidos de planificación, áreas funcionales incomunicadas, ausencia de equipos multifuncionales, niveles de aprobación, mecanismos de control y métodos de evaluación y sistemas de recompensa inadecuados.

En estos tiempos de incertidumbre, la innovación pone a prueba toda la estructura empresarial, comenzando por los miembros de los Órganos del Gobierno de la misma: Juntas de accionistas proactivas en el seguimiento de la actividad empresarial, Consejos de Administración implicados activamente en el desarrollo de una cultura emprendedora e innovadora en todos los ámbitos de la empresa, marcan la diferencia entre Gobiernos altamente eficientes, generadores de valor añadido, y Gobiernos empresariales rémoras, generadores de ineficiencias. Se acabó la época de los Consejeros “contemplativos”, “silenciosos” o meros “supervisores de cuentas”.

Innovar exige que los componentes de los Órganos de Gobierno de la empresa actúen como equipos altamente eficientes. Las primeras resistencias se suelen encontrar entre los Consejeros más acomodados, ante la posible pérdida de su nivel de confort, y entre aquellos que temen entrar en un nivel de incompetencia.

Acometer lo antes posible el desarrollo de una cultura emprendedora e innovadora, en el ámbito de la empresa, puede suponer la diferencia entre liderar el correspondiente sector o convertirse en una empresa marginal del mismo. El progreso de los demás, en la nueva realidad empresarial que vivimos, puede suponer nuestra desaparición, si no somos capaces de mantener el paso; el profesor García Echevarría enfatiza que “el conocimiento tiene que utilizarse de inmediato, en el contexto del desarrollo de la persona y de las organizaciones. No puede haber tiempos muertos de espera, porque el conocimiento se desvanece.” Y llega a la conclusión de que “el valor de cualquier persona que no incremente día a día su conocimiento se irá deteriorando cada vez más. Cuando una persona, o una organización, no es capaz de transformar el conocimiento en innovación se distancia, empeora radicalmente frente a los otros en su capacidad de respuesta, y el valor que persona y organización tienen para la sociedad disminuye.”

Como afirmé en mi anterior artículo (tiempos de Incertidumbre e Innovación) la innovación es mucho más que digitalización o desarrollo tecnológico, no se resuelve con la compra de hardware y software, por punteros y caros que estos sean, exige un esfuerzo institucional (desde los accionistas hasta el último becario) para el desarrollo de una nueva cultura empresarial, de un nuevo modo de pensar y actuar, en el marco propio de la misión, objetivos y valores de cada empresa.

Innovación puede ser percibida como sinónimo de INCOMODIDAD, en todos los ámbitos de la empresa, por ello su éxito se relaciona directamente con el grado de “convicción y decisión” de los máximos responsables de las empresas. Si no es así, les aconsejaría no tirar el dinero tontamente, como lo sería el invertir en un sucedáneo como puede ser la digitalización, cuando esta no se enmarca en un plan estratégico de innovación. Esta tarea, por su propia naturaleza, exige tiempo y la también participación de todas aquellas personas vinculadas indirectamente a la empresa, todo el ámbito de los stakeholders. Los procesos deben adecuarse a objetivos concretos, en la mayoría de los casos intermedios, pero con vocación de continuidad. Ningún objetivo, por escaso valor añadido que se le atribuya, es insignificante en la creación de cultura innovadora.

A lo largo de mi vida profesional he acometido procesos de innovación en numerosas empresas, publicas y privadas, en ocasiones como consultor externo, en otras como alto ejecutivo responsable. Las acciones aisladas pueden producir buenos resultados, pero no generan cultura empresarial. Es preciso perseverar en el proyecto.

Tampoco conviene acometer todos los posibles objetivos de innovación al mismo tiempo. Se debe concentrar el esfuerzo, especialmente en los comienzos, para evitar el fracaso por desaliento-agotamiento, en uno o dos proyectos, permitiendo que paulatinamente se desarrolle el espíritu innovador. Habitualmente, las mayores resistencias se producen en el colectivo de personas que se desea mejorar, promover, pero debemos recordar que para transformar una cultura empresarial no es necesitamos modificar el “sentir” y el “pensar” de todo un colectivo, bastará con “convertir”, o sustituir, a los lideres del mismo.

Permítanme que les cite, someramente, dos casos de los muchos que he gestionado, que pueden dar idea de la necesidad de continuidad en creación de cultura innovadora, así como de la diversidad de caminos y métodos posibles para ello. Una constante en ambos ejemplos es el compromiso firme y convencido, para acometer dichas medidas, por parte del máximo responsable de la empresa, que era yo, con el apoyo, o al menos la tolerancia, de la propiedad:

1º        El objetivo de este ejemplo es mostrarles como el conocimiento en la empresa se encuentra en todos sus ámbitos de trabajo; lo encontramos incluso, en casos extremos, en personas que difícilmente escriben y leen, pero conocen bien lo que hacen. Se da una segunda enseñanza, que hoy en día puede ser muy válida: La tecnología solo es valida si se integra en los procesos aportando realmente valor añadido, este se debe demostrar, no es suficiente con darlo por hecho. Los protocolos, incluso los procesos, que ofrecen los “vendedores” tecnológicos, pueden crear el caos en nuestras empresas, si no se contrastan y se adecuan a nuestra “realidad”.

En 1980 me incorporé a un grupo empresarial de limpieza industrial, comprometido con la mecanización de los procesos de limpieza de trenes y estaciones en distintas Zonas de RENFE, la experiencia inicial fue desalentadora en casi todos los frentes: rechazo de los trabajadores a la implantación de los nuevos proceso y protocolos, perdida de calidad, incremento de costes sobre los inicialmente previstos, etc.; entre 1981 y 1983 me hice cargo, como máximo responsable ejecutivo, de una filial que asumía la contrata para la limpieza industrial de vagones y estaciones del METRO de Madrid. La experiencia anterior me motivó para crear equipos de reflexión con las personas que ya realizaban los trabajos de limpieza, los operarios de limpieza, así como con los responsables del control de calidad del METRO; esto permitió mejorar los procesos en base a sus experiencias personales, introduciendo los distintos tipos de maquinaria en la medida en que aportaban valor añadido a dichos trabajos. El resultado fue un incremento manifiesto de la calidad, una reducción de costes, mejoras de salarios y mayores beneficios, sin contar con la satisfacción de los propios trabajadores que se sintieron participes-protagonistas de dichas mejoras. Desde el principio fui consciente de que mi merito consistió en poner en valor el conocimiento del magnifico equipo humano que integraba, en todos los niveles, la empresa, así como solicitar la colaboración del cliente, para la mejora del servicio. Esta acción, con sus positivos resultados no suponía crear cultura innovadora, pero era el primer paso. Tras el primer año recorrí las distintas empresas del grupo apagando fuegos y reconduciendo los procesos y protocolos, trabajando con quienes los sufrían. En 1983 abandoné la empresa para volcarme en el sector medioambiental. Mis sucesores focalizaron la estrategia en la incorporación de un mayor número de maquinas, retomando los protocolos elaborados por los fabricantes…y la experiencia murió unos años después de mi marcha, de la peor manera posible.

2º        El objetivo de este ejemplo es mostrarles como la voluntad de crear “ecosistemas de emprendimiento e innovación” puede comenzar a andar con algo tan tradicional como “las sugerencias”, gestionándolas con el propósito de crear equipos que de forma natural desarrollen dicha cultura.

La acción se encuadra en el ámbito docente. Asumí la Presidencia (2015-2017) de una sociedad, de marcado carácter familiar, propietaria de centros de enseñanza reglada (colegios concertados). Mi incorporación tenia dos objetivos a corto-medio plazo, diseño de una estrategia que hiciera frente a la posible perdida de Conciertos con las Comunidades Autónomas, ante la incertidumbre de las distintas ideologías sobre políticas educativas imperantes, así como la necesidad de optimizar prácticamente todos los procesos, incluido el docente, de una institución con más de cincuenta años de vida, con dificultades para competir en los momentos actuales. Las Comisiones Delegadas del Consejo, presididas por mi y coordinadas por un Consejero con experiencia en cada área, junto con la renovación de puestos directivos, la mayoría por promoción interna, fueron los instrumentos principales para acometer dichos retos. Entre otras iniciativas designe una responsable de promover y gestionar sugerencias, en todos los ámbitos y niveles de la empresa; el éxito desbordó toda expectativa, suscitando tantas iniciativas, que conllevaban la formación de equipos de trabajo para la valoración e implantación de aquellas que se vieran como más rentables a corto-medio plazo, que tuvimos que establecer prioridades para las más urgentes, aparcando las que no lo eran tanto: docentes y no docentes se volcaron con entusiasmo, sintiéndose escuchados por primera vez desde que se incorporaron a la empresa, algunos con más de treinta años de antigüedad. Los criterios de selección priorizaban el incremento de calidad y la reducción de costes, sin despidos. Desde el principio se anunció la participación en los posibles beneficios económicos, de todos aquellos que intervinieran en el logro. Este tipo de iniciativas ayuda a poner las bases para la creación de una cultura de emprendimiento e innovación.

A MODO DE CONCLUSIÓN:

Nicolás Maquiavelo dice en su principal obra “El príncipe”: “no hay nada tan arduo de llevar a cabo, ni de éxito tan dudoso, ni de tan peligroso manejo, como el iniciar un nuevo orden de cosas”.

Iniciar un nuevo orden de cosas es arduo, y por ello hay que emprenderlo con ánimo decidido. Además, el éxito no está asegurado, es dudoso, aventurado, comporta riesgo, porque algunos factores todavía no existen, hay que fomentarlos, y además se dan factores inerciales, que son una rémora para el cambio y se resisten a él; pero estamos forzados a acometer tan ardua empresa, dado que la realidad económica en general, empresarial en particular, se caracteriza por la incertidumbre y la crisis institucionalizada, y que “aquellos tiempos pasados, aquel tiempo querido”, como se cantaba en la zarzuela “La del manojo de rosas”, “jamás volverán”. Nuestro mayor reto, nuestra mayor resistencia y nuestro principal aliado es nuestro equipo humano. Las empresas familiares llevan en su ADN la gestión de conocimientos y emociones de las personas, por lo que se encuentran mejor preparadas culturalmente para poner en valor su capital humano.

NOTAS:

Peter M. Senge: nació en 1947. Se graduó en ingeniería de la Universidad de Stanford. Hizo una maestría en Social Systems Modeling en MIT. Posteriormente completó su doctorado en management. Es el director del centro para el Aprendizaje Organizacional del Instituto Tecnológico de Massachusetts.

Senge, que ha sido nombrado uno de los 24 «estrategas del siglo» por la revista Journal of Business Strategy, alcanzó notoriedad pública con su libro La quinta disciplina que se convirtió en un best-seller. En él se basa en la dinámica de sistemas para definir a la organización que aprende como la meta a alcanzar.

Obra citada: La quinta disciplina: cómo construir una organización inteligente.

Santiago García Echevarría nace en Bilbao. Fue Vicerrector de Investigación de la Universidad de Alcalá de Henares, miembro de la Comisión Gestora para la creación de la Universidad de Alcalá y responsable de la creación de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, co-fundador del “Grupo Internacional de Economía Social de Mercado”, co-fundador y primer Presidente de la Asociación Científica de Economía Dirección de la Empresa (ACEDE), Decano Fundador de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Alcalá de Henares, co-fundador de IFSAM (Internacional Federation of Scholarship Associations of Management), miembro del Consejo del European Strategic Management of Universities (Fundación ESMU) Bruselas. Es Presidente de Honor de la Asociación Alexander von Humboldt de España y vocal del Consejo Consultivo de Privatizaciones. Posee la “Das Grosse Verdienstkreuz des Verdienstordens” de la República Federal de Alemania, así como la “Bundesverdienstkreuz 1ª Klasse” de la República Federal de Alemania.

Obra citada: El empresario en la Sociedad

3 comentarios

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José Fernando Calderero Hernández 9 septiembre 2019 09:51

Magnífico artículo que trata de una de las, a mi juicio, más importantes claves sociales.
Con tu permiso, querido amigo José Barta, me atrevo a añadir una consideración que me sugiere el título; además de subrayar que el conocimiento está en las personas y sería estúpido desaprovecharlo, creo que convendría que los expertos, y teóricos, de la ciencia de la gestión de las organizaciones profundizasen en el valor que, para todos, supone crear una cultura empresarial, y social, en la que se le dé a la persona el enorme valor que tiene.
La persona es un “ser de aportaciones”, por lo que si queremos tratarla como su dignidad merece deberíamos permitir, y fomentar, su participación poniendo su conocimiento, experiencia, competencia, motivación, al servicio del equipo; entiendo que este enfoque necesariamente ha de redundar en el aumento de beneficios (no solo económicos, pero también).
Si, por el contrario, contemplamos a trabajadores, empleados, directivos, como simples ejecutores que han de poner en práctica las indicaciones recibidas, creo que es muy probable que dichas personas se contemplen a sí mismas como “piezas inertes” de un engranaje y tiendan a comportarse como tales.
Tus dos casos de éxito que citas me parecen muy dignos de ser tenidos en cuenta. Por no alargar este comentario no cuento algunas experiencias que he vivido muy de cerca y que también avalan este enfoque tuyo.
Termino con UN FUERTE APLAUSO.

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    José Barta 9 septiembre 2019 15:34

    Gracias por tu comentario José Fernando. Innovar pasa por implicar personas, poniendo en valor sus conocimientos, generando un conocimiento común superior, en beneficio de todos y de cada uno. Pero trabajar juntos no resulta tan fácil ¡Tantos casos tenemos de equipos integrados por personas brillantes, cuyos resultados son mediocres! Basta con ver algunos equipos de futbol. Sobre esto trataré en mi próximo artículo.

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FRANCISCO JAVIER MARTINEZ YUBERO 9 septiembre 2019 12:42

Querido amigo José, gracias por tu artículo, tan acertado como claro, tus palabras nos sirven de guía para aquellos que tenemos que pensar continuamente en cómo mejorar nuestras organizaciones.
Estoy completamente de acuerdo en que todo el potencial está dentro de las personas y éstas, con una adecuada “gestión” y “motivación”, son las que producen los grandes cambios, tanto a nivel empresarial como social. Como liberal convencido que soy, creo en las personas y en el potencial que tienen.
Un fuerte abrazo

Los comentarios están cerrados.

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