José Barta, 8 de julio de 2012
En las últimas semanas estamos asistiendo a un enloquecido frenesí de acuerdos y declaraciones, por parte de nuestros líderes políticos, nacionales y comunitarios, cuya única virtud es la de dejar las cosas como estaban. Y no estaban nada bien.
¿A cuantas reuniones “definitivas”, de los responsables de la eurozona, hemos asistido en los que va de año? ¿Cuál ha sido el resultado final de cada una de ellas?
Y es que son dos las constantes que presiden estos encuentros de los que los gobernantes españoles forman parte: las sociedades que conforman los países periféricos han “pecado” económicamente y por ello deben penar. Esta penitencia, más propia del calvinismo que del catolicismo, se llama austeridad a ultranza, sin sopesar las consecuencias de que “el burro se muera cuando ya se acostumbró a no comer”.
La segunda constante es la de hacer prevalecer los intereses de las entidades financieras por encima de cualquier otro, partiendo de la “superstición” de que el hundimiento de una de estas entidades supondría el hundimiento de la sociedad en su conjunto, de la nación. No se cae en la cuenta de que ya hace mucho tiempo que algunas de estas entidades dejaron de cumplir con aquello que es propio de su naturaleza, por lo cual se justifica su existencia: canalizar recursos financieros a la economía real, para contribuir a su desarrollo, a su crecimiento.
Instituciones como el Banco de Pagos Internacionales se sacan de la manga informes, como el último sobre “los limites a la política monetaria”, cuya única finalidad parece ser la de desarrollar nuevos argumentos para reforzar el entusiasmo por la austeridad, eludiendo la evidencia de una depresión sostenida. Continue reading…
