La Shoah nos alerta sobre nuestro futuro

José Barta; 26 de enero 2017

El próximo viernes, día 27 de enero conmemoraremos, un año más, el drama del Holocausto. En esta fecha se conmemora la liberación, en 1945, del campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el régimen nazi y sus colaboradores, asesinaron a unos seis millones de judíos – en su mayoría ancianos, mujeres y niños-, en un intento de aniquilar sistemáticamente al pueblo judío. El número total de victimas del odio llegó a alcanzar los veinte millones de personas, muchas de ellas lo fueron, como los judíos, por el mero hecho de ser gitanos (roma y sinti), discapacitados mentales o físicos, homosexuales…

La Shoá (el Holocausto) repercute necesariamente en la forma en la que, el judío (tanto en el ámbito colectivo, como individualmente), percibe “al otro” (al no judío), algo lógico si tenemos en cuenta que, en la misma, fue asesinada una tercera parte de la población judía mundial.

Sin embargo la Shoá no puede considerarse exclusivamente un problema judío, ni fue un episodio exclusivo de la historia judía. Comparto la tesis de muchos pensadores judíos, entre los que destaco al recientemente fallecido Zygmunt Bauman, de que no podemos considerar esta aberración como una herida o una enfermedad de nuestra civilización: “El Holocausto se gestó y se puso en práctica en nuestra sociedad moderna y racional, en una fase avanzada de nuestra civilización y en un momento culminante de nuestra cultura y, por esta razón, es un problema de esa sociedad, de esa civilización y de esa cultura. De ahí que la autocuración de la memoria histórica que se está produciendo en la conciencia de la sociedad moderna (atribuyéndola en exclusiva a una ideología de partido o a un grupo de dirigentes políticos de un país concreto), no sólo constituye una negligencia ofensiva para las víctimas del genocidio sino que es el símbolo de una ceguera peligrosa y potencialmente suicida” (Modernidad y Holocausto. Bauman, Zygmunt. 1984)

“La Shoá no se produce como un hecho aislado, inexplicable, ajeno por completo al entorno socio cultural en el que surgió. El entorno hostil en el que se suscitó no se puede banalizar justificándolo en el criterio de “pueblo deicida”, esta conclusión sacada de su contexto histórico, por si misma no hubiera sido suficiente para incitar a la Shoá; en mi opinión el caldo de cultivo necesario se debe buscar en el desarrollo de un sistema político, económico y social, avalado por numerosas teorías filosófico-científicas que cuestionaban la “trascendencia” de la persona, supeditando su dignidad al de ser un mero “producto”, fruto de un proceso evolutivo exclusivamente basado en el azar y la necesidad. Con estas premisas, en el mejor de los casos, las personas terminan no valiendo más de lo que son capaces de aportar.” (La Encrucijada del Pueblo elegido. Barta, José. 2016)

Como bien manifiesta Jonathan Sacks, que fue Gran Rabino de la Commonwealth, al aceptar el premio Templeton, el pasado 26 de mayo de 2016, “no es exagerado decir que el futuro de Occidente, y de la única forma de libertad que ha sido pionera durante los últimos cuatro siglos, se encuentra bajo un completo riesgo. (…) Una sociedad libre es un logro moral . Sin auto-control, sin la capacidad de diferir la gratificación de los instintos, y sin los hábitos de corazón y de obras que llamamos virtudes, vamos a llegar a perder nuestra libertad.”

Como defiendo en mi libro “La Encrucijada del Pueblo elegido”, al día de hoy la degradación moral de nuestra sociedad, la perdida de sentido de trascendencia de la persona, se ha agravado exponencialmente respecto a la situación que se vivía en la primera mitad del siglo XX.

La deshumanización que experimentaban principalmente algunos lideres políticos, empresariales e intelectuales de aquella época, se ha extendido a una parte muy importante de la sociedad actual.

El frenético desarrollo tecnológico ha desarbolado los valores éticos de muchas personas, llevándoles a confundir lo posible con lo correcto, algo que está terminando por crear “dependientes”, en lugar de “usuarios”.

Muchas personas ya no piensan por si mismas, la avalancha de información y de sensaciones está sustituyendo el sentido de identidad propia.

Hoy más que nunca estamos asistiendo a un proceso de masificación planificada, que busca la implantación del Homo Consumens.

“La masificación es un empobrecimiento del hombre, que es consecuencia de actividades humanas sin valor escatológico.
(…) Cuando el hombre no se tensa hacia Dios — y, por tanto, no se personifica —, aparece lo genérico humano, que en el nivel social es la masa. La humanidad se empobrece (…)

Siempre que una generación se destensa por cortedad de miras, su legado histórico tiende a ser horizontal. Se trata de un tiempo encharcado en que se forma una generación más apagada todavía. Se desdibuja lo personal en favor de lo material, y se llega a un tipo de hombre que no sabe despegarse de las vivencias inmediatas. El hombre masa vive asaltado desde dentro más que por bandas de terroristas, aunque a veces también las constituye.” (la persona humana y su crecimiento. Polo, Leonardo. 1996)

“Se ha impuesto la convicción de que no existe una única verdad: todo es relativo, sin percatarse de que esta “cultura del relativismo es la misma patología que empuja a una persona a aprovecharse de otra y a tratarla como mero objeto, obligándola a trabajos forzados, o convirtiéndola en esclava a causa de una deuda. Es la misma lógica que lleva a la explotación sexual de los niños, o al abandono de los ancianos que no sirven para los propios intereses.” (Laudato Si, 123)

“Esta es la extraordinaria tarea que se nos encomienda especialmente a judíos y cristianos, recuperar el sentido de transcendencia de la persona, en su percepción de sí misma, de los demás y de la naturaleza en la que habita y sobre la que tiene responsabilidades que asumir. Toda una autentica revolución pendiente, que exige en primer lugar una autentica conversión personal.” (La encrucijada del pueblo elegido. Barta, José. 2015) “Porque no será posible comprometerse en cosas grandes sólo con doctrinas sin una mística que nos anime, sin «unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria»” (Laudato Si, 216).

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